Nació encadenada a la idea de la perfección. Durante años, su rostro fue una máscara sin nombre, sin voz, solo un eco de lo que los demás querían ver en ella. Sí, era Musa, pero prisionera de su propia imagen.
Una noche, el silencio pesó más que el miedo. Las cadenas comenzaron a crujir, no por fuerza, sino por cansancio. La máscara, agrietada por dentro, se rompió con un suspiro.
De las grietas brotó luz. No era una cara nueva ni una figura reconocible. Era su alma: anónima pero infinita.
Ya no necesitaba un nombre para ser vista. Era la creación misma, encarnada.
Porque La Musa nunca fue alguien. Siempre fue todo lo que despierta cuando uno se atreve a romper lo que lo ata.
