Nacieron del mismo pulso, dos almas separadas por el reflejo. Uno habitaba la luz, el otro, la sombra. No eran opuestos, sino nudos que el universo había dividido para aprender a reconocerse.

Crecieron enfrentados: cuando uno soñaba, el otro velaba. Uno reía, el otro callaba. Sus alas eran distintas, pero el latido que las movía era el mismo.

Con el tiempo entendieron que no eran dos fuerzas en guerra, sino una sola, respirando en direcciones opuestas. Cuando finalmente se encontraron, no chocaron, se entrelazaron.

De su unión surgió una figura con forma de corazón, no perfecto, sino vivo, tejido con cicatrices, vuelo y equilibrio.

Desde entonces, Los Gemelos custodian el límite entre la creación y el abismo, recordándonos que toda oscuridad necesita una chispa, y toda luz un ancla.

La verdadera unidad no borra la dualidad, la abraza.