Dicen que los gatos negros son portales. El mío, Momo, lo era.
Cuando partió, dejó un silencio tan denso que parecía absorber la luz de la habitación. No había maullido, ni sombra en el alfeizar. Solo una ausencia que chispeaba en el aire, como estática, esperando ser rellenada.
Una noche, mientras dibujaba, la pantalla parpadeó. El cursor se movió solo. Apareció un nombre en minúsculas: MOMO.EXE. Lo abrí.
El monitor se volvió un espejo de neón y sombras. Una figura felina, descompuesta en líneas verdes y violetas, me miraba desde el código. Eran sus ojos: fractales de energía. Su ronroneo era una frecuencia que vibraba en mi pecho. En cada destello sentí su calma, su rebeldía, su forma de decir: "Seguí creando, no te detengas."
El archivo se cerró solo. Desde entonces, a veces, el brillo de la pantalla me devuelve un par de ojos verdes observándome. Ya no es una visita desde la oscuridad, sino un mensaje constante desde la memoria.
